Nosotros, los hijos de la metáfora


Habían consumido exactamente once jarros de vino tinto. Uno de los dos distinguidos Poetas que participaban en la reunión, curtido con la sangre de la vid, dijo al otro en voz alta:
-He observado, mío querido amigo, que aquí, entre las montañas, mientras todos los demás tienen ganas de escribir poesía, nosotros tenemos ganas de morir.
-Yo no tengo ganas de morir, -le cortó el otro.
-Entonces vive, colega. Vive en vano, como todos los demás.
En la ciudad montañosa de santo nombre caía la tarde. La edad media de los convidados apenas pasaba los setenta años. Las viejas se habían inclinado sobre los platos sorbiendo la sopa de champiñones. La ciudad parecía de verdad de ensueño. Era uno de los pocos rincones de los Balcanes en donde el acero y el hormigón todavía no habían echado raíces.
-Esta ciudad tiene que tener un alma de guardia, -dijo el primer Poeta. Un alma gigante. Al contrario, ¿!acaso la dejarían en paz los ricos bribones de los tiempos que corren?!
-Mejor tranquilízate, -le dijo el otro Poeta.
-¡No, tranquilízate tú! Tranquilízate en vano, como todos.
El Poeta que no quería tranquilizarse, era un hombre alto, huesudo, con una barba media canosa. Fumaba cigarrillos sin filtro. Corría el rumor como si se hubiera decidido poner fin despacito a su vida, con la bebida. Ponía fin a su vida desde hace diez años, cuando su mujer había rendido su alma a causa de un cáncer del pecho, mientras él se había lanzado desesperadamente por las calles de la capital, llamando por teléfono a todas sus amantes hasta en aquel momento fatal expresándoles claramente su pensamiento, independientemente si le respondían ellas o otras mujeres, que la muerte de su mujer la habían causado juntos, si, si, en los momentos calientes cuando chupaba sus pechos en la cama. Gracias a sus pezones había chupado de las venas la vida de su mujer. Ahora se sentaba apoyado en la silla, al centro del restaurante de cuatro estrellas, tomando vino tinto del duodécimo jarro.
-Mejor salimos de paseo, ¿te parece?, -le dijo el otro Poeta.      
-Me lo estaba pensando, pero te adelantaste. Vivirás más que yo, ¡bravo! Te llevaré arriba, ahí donde está el Palacio del Rey, no para ver alguna maravilla, pues de maravillas ya estamos hartos, sino para respirar un aroma.
-El bosque está lleno de aromas. Acaso se va confundir con otras.
El otro chasqueo la lengua en señal de desaprobación.
-Es un aroma inconfundible. ¡Tienes que subrayar el in-!
La ciudad se sumía en la tarde. Había caído una llovizna y uno no podría decir si estaba octubre o julio fresco. Entre las villas antiguas en donde habían pasado sus vacaciones Reyes y distinguidos artistas, habían pululado casitas de mármol con cristales ahumados y salas sorprendentes, de donde los veraneantes barrigudos con miradas de bueyes se apiadaban de los senderos.
-Nos vamos, -dijo el primer Poeta. Valiente camarero, tráenos también cuatro jarros de vino y déjalos aquí para que se añejen. Y, cuidado, no deje que alguien nos echa veneno desbaratándonos los planos…
Los dos Poetas desaparecieron por la calle principal de la ciudad. Por lo común, ésta era la calle que unía la maternidad con el cementerio. Los ciudadanos los conocían por los periódicos. Eran tan famosos como para quedarse vivos. Pocos sabían cómo engañaban sus estómagos. Trabajaban duro de la madrugada hasta la tarde, escribiendo sobre la destrucción lenta del país. Cierre de fábricas, ventas sin precedente de terrenos, de aguas, de almas, de chicas tiernas, tan solo para ganarse la vida. Quizás subsistían con el dolor de las almas escogidas que no pueden hacer nada para parar la ruina.
-Dios mío, -dijo el Poeta inquieto. Iba a cumplir quince años sin salir de la ciudad. Estaba convenciéndome que ya no puedo vivir sin el polvo de las calles, sin ruidos, sin… en efecto, no sé si te he hablado de el porqué me quedaba cerrado en la capital. ¿Te lo he dicho?
-No.
-Volvía de una reunión de escritores. Estaba borracho perdido, como te lo puedes imaginar. Pues, cuando nos acercábamos a la capital, por allí a las cinco de la madrugada, veo por la ventana del tren una cabeza de mujer. Volaba. Voló de la derecha a la izquierda. Huida de su cuerpo, por decirlo así.
-No te entiendo.
-Como todos. Se había suicidado, querido colega. Se había acostado con la nuca sobre los raíles.
 -Vives de ilusiones, amigo. Has tropezado con una jovencita sin poder hacer nada en la cama y te has vengado en tu imaginación.
-Pues en el tren estábamos unos doscientos almas que se vengaban… Es horrible cuando una mujer se suicida. En un país donde se suiciden las mujeres es difícil de encontrar sitio para verdaderos hombres.
-Yo no me siento una mentira, -le cortó el otro.
-Como no. Los dos somos dos mentiras expresadas en versos. Dos de tantas mentiras de los Balcanes…
Habían atravesado el centro de la ciudad y estaban subiendo por el sendero. Ya había anochecido. Los muros de piedra al lado del camino estaban cubiertos de anuncios. Había ofertas, en diferentes idiomas, de alquilar habitaciones. Buscaban un perro perdido. Peludo. Se ofrecían chicas sensibles de manos de plata para masaje. Se vendían casas antiguas de valor histórico y artístico inestimables. Precios extraordinarios.
-Hoy, en la madrugada, me picaba un poco el hígado, -dijo el Poeta inquieto.
-Venga, me imaginaba que ya no tenías hígado desde la Segunda Guerra Mundial.
-Tengo, incluso férreo. ¿Sabes cómo está mi hígado? Como un casco. Ni una bala se lo puede atravesar. ¡En fin!
-¡Ten cuidado!
-Thanks. Y, como te estaba diciendo, me picaba un poco el casco. En mi habitación no tenía nada para calmarlo. Salí a la calle para ir a salmear en la iglesia. ¿Me entiendes?
-¡Yo sí!
-Y me puse en cuclillas, me concentré, por decirlo así, y no sé qué diablo me hizo abrir los ojos y, ¿te lo puedes imaginar lo que he visto?
-¿Algún ángel?
-No. Vi un par de nalgas de mujeres. Divinas. No me lo había imaginado que en este mundo se habían inventado tales nalgas. Y la muchacha, linda, al parecer, creía sorprender el Dios mismo, pues había puesto una falda blanca, transparente, y le brillaba la cinturita de las braguitas. ¿Me entiendes?
-Si.
-Pero no fue suficiente la gracia de las nalgas y el centelleo de las braguitas, pues las nalgas emanaban un perfume de albaricoque. Perfume de al-ba-ri-co-que. Te dejaba sin aliento. ¿Te acuerdas de los albaricoques?
-Por supuesto.
-Así pues: ¡hoy en día ni los albaricoques no huelen tan dulcemente! Al regresar a la caverna, voy a redactar a maravilla un poema de aquellos que yo sé hacer. Su titulo ya lo tengo listo: He salmeado en las nalgas de un albaricoque. ¿Te parece?
-Venga, más o menos…
El Poeta inquieto se paró delante de una estatua de mármol. Tres soldados mutilados, montados sobre un canon, estaban rindiendo sus almas sin entregar las tierras. A la izquierda: un caballo gigante miraba sombrío las infinidades, hacia las cuales estaba trabajando duro para llevar sano y salvo la Historia misma. La Historia no se dejaba ver.
-No me mires con avidez, -dijo el Poeta inquieto al tubo de acero del cañón, sino te la voy a meter en la boca hasta romperte todos los dientes. Todos, sin ninguna excepción.
-Te estás pasando, colega, -corto el otro. Subamos más rápido, porque se va hacer siempre más obscuro y va ser difícil para descender.
-¿Y que, colega? Pasamos la noche allí arriba. ¡¿Acaso hay algo mejor que allí arriba?! Echamos una cabezada entre las estatuas del Palacio Real. Incluso el Rey mismo ha hecho lo mismo hace más que cien años. Ha sido un chaval pobre, ya lo sabes. Vagaba por estas malditas tierras a encontrar un pueblo, a fin de guiarlo. Sabido es que por aquí, como de costumbre, los pueblos apenas lo estaban esperando, porque estaban divididos, tirando cada cual por su lado. Y así por el estilo…
-Basta con tanta poesía en la charla.
-No, quisiera decir que no me extraña que nos cruza el camino algún pueblo sin rey, o simplemente dos pueblos, y, desde mañana cambiaremos los mensajes de amistad por medio de los pregoneros. ¿Te parece?
Al subir los innumerables peldaños que llevaban al Palacio Real, el Poeta inquieto evocó casi llorando los tiempos dorados de esta ciudad. Todas casas estaban construidas en piedra y en madera. Los árboles frutales daban la impresión de empezar a brotar a la madrugada pero su otoño caía pasado la media noche. Después había sobrevenido la peste. En aquel entonces, en las tabernas de la ciudad había cerveza fresca, cecina, miel, y sobre todo una pastelería de albaneses en donde se preparaba la mejor boza[1] del universo. ¿Has tomado alguna vez boza, colega? El otro consintió. Respirando con dificultad, el Poeta inquieto dijo:
-Nuestra sangre empezó a deteriorarse cuando uno no podía encontrar boza. ¡Date por enterado! Boza autentica, preparada con toda el alma.
Los peldaños se habían acabado ya. ¡Por fin! Ellos ya se encontraban sobre una mesetita cercada de pinos. Los troncos tenían sus raíces en los cielos. Una luna color naranja se languidecía encima de las torres del Palacio Real, tejía sombras de albaricoque alrededor de las hadas de mármol y doraba las hojas de los frutales.
-He aquí, esto es el aroma que quisiera que olieras, -dijo el Poeta inquieto. Es un aroma casi sin valor. Quizás es una droga desconocida. Me lo ha enseñado mi abuelo, que en paz descanse. Yo era tan solo un pardillo, y me trajo aquí y me dijo: “¡Aspira con toda tu alma este aire, mi hijo! Aspira hasta que no te quede más espacio libre para el alma en tu cuerpo. Y, después no perderás nada en la vida, no morirá ni tu madre, ni tu padre, ni tu querida mujer. No veras con flaqueza la ruina del país en donde has nacido, no probaras el veneno de la emigración, ni las diferentes humillaciones de los barrigudos, ni la estupidez de los contemporáneos…”
-Tu abuelo como si fuera un Moisés…
-¡No queras saber nada de nada, mi hijo! Podrás vivir como el águila de la montaña, sin pensar en el polvo y la locura de la capital, en pagar el alquiler, el teléfono, la tinta de la pluma estilográfica…
-Tal vez no lo has aspirado bien, -sonrió el Poeta sosegado al encender un cigarrillo.
La vista era de verdad inolvidable también para un hombre de mediana edad como él. No estaba claro quién pronunciaba ese discurso de susurros ahí sobre la mesetita: él mismo, el Poeta inquieto, o el alma de algún tatarabuelo. El aroma milagroso, -que no había inventado casi ningún milagro en estas tierras, -le parecía algo conocido, pero no podía encontrar la planta que podía producirlo.
-¿Bajamos? –dijo.
-Bajamos, -dijo el Poeta inquieto. Solo quisiera que olieras un poquito de aroma. Creo que estás satisfecho.
-Demasiado.
-¿Tienes cerillas?
-Tengo mechero.
-Tienes que encenderlo para que no caigamos por la escalera.
Los peldaños de piedra no se veían.
-Dios sabe cómo hemos subido tantos peldaños, -añadió el Poeta inquieto.
-Había luz, -dijo el otro. Cuando hay luz, uno puede subir más rápido.
-En vez de ocurrir el contrario.
No había más ni una pizca de luz, como si fuera hecho adrede. La llama del mechero se apagó después de unos doscientos peldaños de piedra que perfilaban un cierto túnel sin fin. Es como si fuéramos entrados a acabar con los números, sonrió el Poeta inquieto. Me acordé del difunto Diógenes, añadió. ¿Lo tienes presente? Erraba por Europa con el candil en la mano y, cuando le preguntaban “Qué estás buscando Diógenes?, contestaba: “Al hombre”. Después, un duende lo trajo por estas tierras. Cuando se lo preguntaban “¿Qué buscas?”, empezó a contestar “¡El candil!
Sonrieron. Caminaban cogidos de la mano, como dos niños de la escuela elementar. No les daba asco, porque eran padrinos hermanos desde la primera niñez.
Tras de una media hora de vagancia en la obscuridad de los números, el Poeta inquieto se paró, soltó la mano del padrino y contó las cerillas. Fumaba cigarrillos sin filtro, que encendía con cerillas. No soportaba los mecheros.
-De hecho, había decidido morir esta noche, -dijo. Quería tirarme de la meseta al abismo.
-¡Y a mi meterme en la cárcel como asesino!
-El Poeta no traiciona a ninguno, que lo sepas. Ya la tengo preparada, bajo la almohada, la carta explicativa.
-Dios mío, -descargó el otro. ¿Te has vuelto loco de verdad?
-¿Pero como no pasarse por la cabeza el suicidio, hombre? Si se suicidan también las mujeres, nosotros mucho más…
-Entra en razón.
-Precisamente porque estoy cargado de razón, no tengo porque vivir. ¿Porque vivir? Si tú me dices porque tengo que vivir, te juro que voy a vivir.
-Tienes tu hijo más hermoso que un sol.
-Hijo mío, ¡ilumínanos un poco el camino!
-Entonces: tienes muchas botellas sin tomar.
-¡Ah, eso sí! ¡Venga, estrecha mi mano!
El Poeta tranquilo tuvo la impresión que estaban subiendo al revés. Se sentía extenuado por la imposibilidad de adaptarse al aire puro de las montañas, al encanto de las pequeñas ciudades que viven como si fuesen fuera del caos de la historia, así que no tenía mucho ánimo de creer en las visiones. Al mismo momento reventó un corto estertor, un cierto estallido de muro, y tuvo escalofríos.
-No te hagas mala sangre, porque he roto solo una o dos de las tres piernas, -lo tranquilizó la voz del otro. ¿Te enteraste de la metáfora?
-¿Dónde estás, que metáfora, desgraciado?, -gritó uno de los dos Poetas. ¿Donde estas?
 -¡Adivínalo! –el otro se rió desde la profundidad sin fin de los números. Tenía ganas de quedarme un poco desocupado y con huesos hecho añicos, bañado de este aroma. Hasta que me encuentre alguien como tú. 
 Sinaya-Bucarest, Agosto 2004

Traducido del albanes por Petrit Mavrovi




[1] Refresco acido producido de la fermentación del maíz (N.T.)