Los Muertos


Traducción: Gustavo Loria RIVEL

Capítulo 1

Alguien tocó veinte veces seguidas a la puerta podrida de los muertos. Esperamos cuanto esperamos y, cuando vimos que nadie respondía - ni teníamos esperanza que alguien nos respondiera - derribamos la puerta. Todos se precipitaron adentro como un río pero, al llegar a la cocina, quedaron paralizados. Encontraron a los cuatro tal como yo había dicho: sentados con las piernas cruzadas en el lugar donde probablemente estaba la cocina, callados pues, tal como sabréis, lo único que los muertos saben hacer es callar. Las habitaciones no eran habitaciones sino desiertos. El piso de madera estaba podrido, enmohecido. Montañas de polvo y de basura llenaban el corredor. Unas cuantas cosas habían quedado en el baño con paredes de mármol: dos camas de moda vieja, un colchón deteriorado que cubría la bañera como una tapa y los despojos de una radio. El personaje principal era, sin embargo, el olor. Olía a aire impregnado de terror, moho, muerte, basura, cosas y sueños hechos polvo. Nunca olvidaré esa escena - y no sólo porque de costumbre yo no olvido nada -. Por años la misma aparece una y otra vez en mis sueños. ¡Imaginaos! hasta el olor aparece en mis sueños, cosa que sucede rarísimas veces, por no decir que no sucede nunca.
Alguna gente no soporta y sale. Habíamos visto horrores más grandes, pero, ¿cómo decirlo?, ése fue horror especial. Por eso me parece más agudo que los otros. Por las habitaciones vacías proliferaba una especie de cuervos. No podrías imaginarte cuantos cuervos vivían ahí. Los cuantro muertos estaban sentados y callaban. La carne les había caído sobre los abrigos, sobre los zapatos de madera y sobre los restos de un tapete con culebras que jugueteaban sobre el cuello de una bailarina exótica.
Los cuatro estaban cubiertos de polvo.
Es difícil que te imagines algo tan verdadero, que sientas lo que siente un grupo de personas cuando, de pronto, se encuentran ante cuatros esqueletos. Estábamos hechizados, halucinábamos, quizás porque sabíamos que se habían ido hacía mucho tiempo.
Después de algunos minutos, que nos habían parecido horas, alguien se despertó del delirio y dijo que recogiéramos los huesos. Las chovas habían hecho bien su trabajo, pues los esqueletos pelados no dejaban distinguir quien era quien. Se distinguía solamente la muchacha, por la falda. En verdad, era la primera vez, que los ex-esqueletos hacían algo que nos sorpendiera. Alistamos cinco ataúdes, pues estaba también la anciana que había exhalado su espíritu en otro cuarto. Llegaron los enterradores para llevárselos. Después los envolvieron en una vieja mortaja que los muertos usaban como estandarte de paz cada vez que la ciudad era atacada tenían que ir a enterrarlos por segunda vez.
Los enterradores pasaron por el medio de la ciudad. Al principio la muchedumbre de citadinos los seguía de cerca, y eso porque - repito - nadie sabía que habían estado en la casa. Mucha gente había visto el choche de ellos, lleno, atiborrado de valijas, saliendo como enloquecido en una noche de octubre. A mí me empezaban a zumar los oídos. Por un momento se me ocurrió que esto me pasaba por el asco. Después me di cuenta que hacían ruido las persianas despedazadas, cubiertas de suciedad y excremento. Por ahí entraban quien sabe cuantas chovas, llamando a la puerta con el pico como en un hotel. Nunca en mi vida, ni siquiera en las guerras, había visto tantas chovas. Cuando salimos, el techo, el patio y las ventanas se habían llenado de chovas. Tantas que parecía que a la casa de los muertos le habían salido plumas negras.
El cuarto lujoso, el de madera tallada, se había inclinado hacia el muro que rodeaba la casa; las tejas se habían esparcido por todo el jardín; una de las ventanas del lado izquierdo, la que no tenía persiana, estaba bloqueada con cofres y una manta salía por ella como una lengua. Una vez superada la impertinencia inicial, prolongada y algo ridícula, esa casa te infundía pesar. Había pasado mucho tiempo desde que los Muertos habían dejado de ser enemigos dignos de nosotros. Se habían convertido en unos pedazos de olvido, lejanos. Diría que me parecieron muy desgraciados. Esos titanes de la ciudad, portadores de una historia que dudábamos en llamar fenomenal y loable, ahora eran llevados al cementerio.
Ahora la historia había salido a la superficie y no ya no despertaba ni siquiera aquella curiosidad enferma, oculta por los fantasmas, espantos y aparecidos de otros mundos. Se había vuelto una historia más, tan ordinaria como muchas otras que alimentaban con un poco de tensión la imaginación de la ciudad y que a muchas personas no les provocaba ninguna impresión. Cuanto más pequeña es una ciudad, más fácilmente se propagan las historias rimbombantes, más difícilmente se olvidan y más rápidamente palidecen.
Colocaron los ataúdes al lados de las fosas. Es bien sabido que siempre se encuentra quien les haga las pompas fúnebres a los fallecidos. Ya nadie los maldecía ni lamentaba su partida, simplemente los enterramos. Habíamos estado orgullosos de vivir peleados con ellos y seguiríamos viviendo tranquilos sabiendo que ellos habían muerto peleados con nosotros.
De una conversación con el Poeta, 
Enkelana, Albania, 1984.

*

Bajó del segundo piso un hombre vestido de negro, abrió la boca mostrando un labio inferior azul, como si hubiera besado la muerte, y dijo:
- Lo pinté, tío!
Tenía una voz muy fina.
Levantó la cabeza un viejo de seco rostro que le colgaba la barba del cogote, el cual respondió negligente:
- Está bien.
El que había pintado algo se arregló la chaqueta negra, se soltó la corbata con líneas azules y se sentó en un sillón.
- ¿Y ahora qué haremos? - dijo.

- Ya veremos.
La habitación había sido pintada de amarillo y guardaba aquel aire taciturno propio de recintos donde el amarillo se debe al polvo. Sobre una de la paredes había un reloj de pared antiguo, el cual, metido en una caja de madera tallada, parecía un filósofo encarcelado sin motivo. El viejo se ocupaba de una valija grande, con una forma muy extraña, tanto que parecía más bien un ataúd especialmente hecho para jorobados. En el otro extremo de la habitación había otros tres "ataúdes" similares. Se oía el carillón del reloj y otros ruidos que llegaban de los demás cuartos de la casa.
- Todo! - gritó groseramente el viejo.
Nadie le respondió.
- Todo!
Después de dos minutos, apareció en la puerta de la cocina un hombre pálido, ni fornido ni delgado. El color de muerto hacía que sus cabellos grasosos parecieran más escasos. Se detuvo en el umbral de la puerta y esperó.
- Cierra todas las persianas! - ordenó el viejo.
El hombre salió sin decir nada y después de unos minutos se oyó el chillido de las persiantas que se cerraban, aullido que se parecía a los plañidos de la gente. Mientras tanto el del traje negro, que había pintado algo, se levantó del sillón y se acercó al viejo.
- Tío, ¿Ahora que hago? - dijo.
- ¡Cerrar el pico!
El viejo se desabotonó la camisa brillante de satín, respiró profundamente una vez - las gotas de sudor temblaban sobre sus labios - y sacó después de su bolsillo un reloj de oro y lo miró en silencio.
- Se acerca la hora -dijo. Ya viene el coche.
Al otro lado de la ventana del cuarto, el jardín callaba bajo una luna brillante de octubre. Las sombras de los árboles se mezclaban sobre los muros que rodeaban la casa formando una especie de cuadro sin sentido. Sobre los muros brillaban aquellas puntas de lata y vidrio que se ponen para hacer sangriento el oficio del ladrón.
- ¡Ay! - gritó una mujer desde el segundo piso.
- La muy bestia, - exclamó el viejo. Se le aflojó un tornillo.
- ¿Quién pintó la ventana de mi cuarto, repitió la voz ofendida. Se oyeron aquellos murmullos que se producen cada vez que una mujer baja con prisa las escaleras, levantándose cuidadosamente la falda. Una mujer hermosa, vestida con una falda de felpa, apareció como entre sombras ante la puerta.
- Quién ha pintado la ventana de mi cuarto? - preguntó.
- Yo - dijo el del traje negro.
- ¿Y por qué?
- Porque le dije yo - dijo el viejo.
La muchacha se encogió, calló y le arrojó una mirada de desprecio a la calva del pintor. Era una calva desmesurada, pulida, casi increíble. Después la muchacha salió al jardín y los demás vieron ondear su silueta sobre las sombras en ruinas del muro.
- ¿Apagamos las luces? - preguntó el pintor.
- Ya veremos
- Si no se ve nada desde afuera no tenemos por qué apagar las luces. Nadie se dará cuenta
- ¡¿Has comido algún periódico hoy?! - dijo el viejo.
El que "cierra-persianas" entró nuevamente en el cuarto, se plantó en un sillón y sacó un cigarrillo. El viejo abrió un pequeño armario de pared y sacó de ahí un llavero. Una argolla de llaves, de las cuales ninguna servía para abrir la argolla. Sin decir nada el viejo salió de la cocina. Poco después se oyó el ruido de una llave que persuadía una cerradura cerrada. El ruido se repitió unas veinte veces.
Más allá de la puerta de la cocina se veía una mesa de billar y, sobre ésta, las bolas dispersadas por todas partes. Los tacos estaban del lado izquierdo, colocados en forma de cruz. Los dos que habían quedado en la cocina no intercambiaron ni una palabra. El "cierra-persianas" sorbía con lujuria de su cigarrillo y miraba hacia el patio grande, donde la muchacha hacía algo con las uñas. Después la muchacha abrió como a escondidas el buzón, tomó una carta y se la metió en el pecho. El del traje negro sonrió. En ese momento algo resopló afuera y los dos se pusieron de pie de un salto. Por la puerta abierta penetraban jirones de una luz azul. Era el coche largamente esperado. Era negra como el hollín, un poco azucarada por la escarcha y producía cierto efecto ilusorio bajo la luz de la luna de octubre. El viejo salió al patió con pasos más rápidos de lo que le había aconsejado el doctor y saludó con la mano. Un oficial alto y delgado salió del cohe se detuvo en la entrada. El "cierra-persianas" vio como el viejo se esforzaba fingidamente por invitar adentro al oficial, vió la mirada ávida del oficial sobre los muslos redondos de la muchacha, vio qué éste se oponía a algo y, después apretones de manos y el movimiento afirmativo de cabezas que anunciaba que se había llegado a un acuerdo. La puerta se abrió para que entrara el coche. La muchacha, el del traje negro y el viejo le abrieron camino. El coche metió su nariz en el patio y, de pronto, toda la pared de enfrente de la casa, herradura y cuernos de la abundancia, se enblanqueció como por encantamiento. El viejo le explicó al chofer que necesariamente tenía que bajar las cortinas de las ventanillas. Después volvió de la cocina y gritó:
- ¡Todo!...¡Las valijas!
El "cierra-persianas" tomó dos "ataúdes" y salió. El viejo los tomó y los colocó sobre el coche. Otro entró nuevamente al cuarto y trajo las demás valijas. El viejo fijó éstas sobre las primeras. Las amarró cuidadosamente con un cordel, las golpeó levemente con la palma de la mano, como para desearles feliz viaje, y después se despidió del oficial. El "cierra-cortinas" apagó las luces. La casa se sumergió en las tinieblas junto con ellos. El coche-tortuga salió a la calle y el viejo cerró con pestillo la puerta, asegurándola con tres- cuatro rieles de los de la línea férrea. Se sentó por unos momentos frente a la puerta cerrada, después hizo con la mano una cruz hacia el cielo y entró en la cocina.
- ¿Dónde dejamos aquellas velas? - preguntó.
El coche con las ventanillas cubiertas y cargado con baúles vacíos atravesó la calle principal de la ciudad, arruinándole el sueño. Se deslizó frente a la comandancia, donde se encontraba también la cárcel provisoria, se dirigió hacia el cine y después hacia el cementerio y hacia la salida de la ciudad. Sin duda la tortuga más fugaz de este mundo de lamentos. Llenó la ciudad de humos callejeros y de un claxon ahullante que más se parecía a las lamentaciones del búho. Vieron el coche muchos citadinos insomnes, lo vieron a todos los borrachos que vagaban en búsqueda de sus casas. Lo vio el barbero de la ciudad, alto y cargado de espaldas, el cual volvía de una urgencia, es decir, de cortarle el pelo a un muerto. El último en sentirlo fue un anciano que volvía del cementerio. Éste no pudo verlo pues estaba ciego.
El "cierra-persianas" no recordaba donde había puesto las velas, pero el del traje negro las encontró rápidamente, extendiéndoselas al viejo.
- ¡Cerillas! - dijo. La muchacha se las dió humildemente. Prendió la mecha de una de las candelas y pronto le nació un alma a la oscuridad. La vela, puesta en un candelero, fue colocada en el centro de la mesa. Bajo su luz un ramo de flores artificiales parecían vivas.
- ¡Ahora, prepara la cena! - ordenó el viejo a la muchacha. Hasta ahora hemos comido para sobrevivir, pero ahora comeremos por nuestra salvación. Ni siquiera Oso Kuka[1] hizo tanto en su época como hemos hecho nosotros.
- ¿Y nosotros qué haremos? - preguntó el pintor.
- ¡Trae a mamá!
Fueron dos hombres uno tras el otro. El viejo les alumbraba el camino con la única vela prendida. Al fondo del corredor unos abrigos colgados de una percha parecían fantasmas sin ocupación. El del traje negro tocía todo el tiempo; su toz era seca y estridente, casi como si tuviera petardos en la panza. El "cierra-persianas" iba por delante, callado y misterioso. Los tres se detuvieron frente a una puerta color marrón y el viejo bajó la manilla de la cerradura. Adentro reinaba la oscuridad y un aire impregnado con medicamentos. La luz de la candela difuminó las figuras de los dos hombres que habían quedado atrás y pintó turbiamente una cama grande con muchas cobijas y patas talladas, sobre la cual yacía una anciana. Había algo desgarrador, cómico y doloroso en su apariencia, en los cabellos envejecidos y rizados con bigudíes, en la actitud de amazona ya aplastada.
- ¿Qui-é-én e-es? - preguntó la vieja.
- Nosotros, mamá, nosotros, - le respondió el viejo.
- ¿Qui-é-én?
- Jani
El viejo les hizo una seña a los dos hombres y éstos se acercaron. Tomaron a la amazona por los brazos, la cual, según lo visto desde hacía mucho tiempo hacía en vano sombra sobre la tierra, y se dirigieron hacia la puerta.
- ¿Dó-ónde me lle-evan? - preguntó.
- La cena, mamá, la cena.
- ¿Ah?
- ¡A comer! - exclamó el viejo con aquel nerviosismo de los hijos que están obligados a cuidar de un padre senil. Condujo, vela en mano, a los tres hasta llegar a la cocina. En ese momento la muchacha ponía la comida sobre los platos, alumbrándose con la llama amarilla de la estufa. Encima de su cabeza, sobre la pared, colgaban ratoneras. Los tres colocaban a la mamá en la cabecera de la mesa, después se sacudieron las manos y se sentaron a la mesa. El viejo se quitó la boina, se acordó y se levantó nuevamente.
- ¡Sentaos! - les dijo a los otros que se preparaban a imitar su gesto.
- Tú sabrás, tío - dijo el del traje negro.
El viejo salió de la cocina y dobló a la izquierda y tomó con el toda la iluminación. Parecía un santo ingrato.
- ¡Lola!
- ¡Mande! - dijo la muchacha.
- ¿Qué haces?
- La comida.
- ¡Deja la comida y ve a traerme el traje!
- ¿El de ocasiones especiales?
- Ése.
- ¡Ya voy, un momento!
- ¡Ningún momento; quiero ponérmelo ya!
Le dio la vela a la fastidiada muchacha y la esperó a un lado, frente al espejo del corredor. El traje llegó pronto y la muchacha lo sostenía para que el viejo pudiera ponérselo. El viejo se abotonó lentamente mirándose en el espejo. Se peinó los cabellos que le quedaban de un lado de la cabeza y se amarró la corbata.
- ¿Me veo bien? - preguntó.
- Muy bien.
- ¡Eh!, ahora ve y tráenos la cena. Trae vino también.
El viejo entró en la cocina, dejó la vela sobre la mesa, puso las manos sobre los hombros del "cierra- persianas" y lo sacudió con un cierto desprecio. Éste se adormecía meciéndose, como si quisiera tocar con la frente a la puerta de algún sueño.
- ¡Ah! - exclamó asustado.
- Toma la vela - dijo el viejo - anda y ayuda a tu prima a traer la cena.
- El otro asintío y se fue.

Terminaban de comer. La conversación ya había acabado. Los platos parecían arenas de lucha, sobre las cuales yacía derramada, mezclada, difuminada y olvidada la sangre de pimientos rojos y picantes, salsas, especias, grasas y cadáveres de lechones. Al "cierra-persianas" se le había hecho una mancha de grasa alrededor de la boca. El viejo se veía bien, como si fuera solamente estómago. La muchacha masticaba lentamente y parecía estar en forma. El del traje negro se chupaba entusiasmado los dedos.
Era la primera y última vez que tenían las cuatro candelas prendidas.
Las llamitas de las velas hacían que los vasos brillaran dulcemente, con una quieta voluptuosidad. Los tenedores de oro parecían arrancados de un cuadro antiguo. El viejo estaba conmovido por tan majestuosa imagen, así como por la presencia de la vieja, la cual podría decirse que ya molía con sus dientes comida del otro mundo.
- Trae otras dos botellas de vino, - ordenó el viejo a la muchacha - y le extendió la argolla con llaves.
- Aquí tienes, la sexta llave.
Ella se levantó elegantemente del sillón, tomó una de las velas y se dirigió al sótano. Al entrar se topó con todos aquellas cajas llenas de comida, barriles de vino, tantos que llegaban hasta el cielo raso. Había en el sótanos alimentos y bebida para todas las estaciones del año y aún en la eventualidad de hambruna, bombardeo, robo, saqueo, paz etc. Había incluso cajas de velas, tabaco, cerillas, queroseno y aguardiente. Había un país entero bajo la tierra. Mientras tanto, el viejo se levantó de la mesa y fue al baño. Los otros dos observaban saciados y la vieja ni podía distinguir unas de otras las sombras de este mundo. El viejo saltó por encima de las tinieblas y entró al baño a orinar. Le tomó mucho tiempo encontrar el órgano específico pues le estorbaba la panza. El baño estaba revestido de plácas de mármol verde y la llamita de la vela creaba se refleja innumerables veces copias alrededor. El viejo decidió poner el candelabro sobre la balustrada de la escalera para tener las manos libres y abrirse la jareta. De pronto le dio por ver la hora y sacó el reloj del bolsillo. Por desgracia, la cadena del reloj se atoró enredándose en algún lugar y el viejo perdió el equilibrio pues tenía la otra mano ocupada con los botones de la jareta. Sintió cierta debilidad causada por la inminente expulsión de los orines y el reloj, tras golpearse contra el borde de la bañera, bailó en círculos, como un borracho, sobre la bóveda cabeza abajo del escusado y se hundió en el agua con un ruido siniestro, como el de una campana infernal, el cual le produjo un escalofrío al viejo. Intentó gritar y no gritar. Intentó no orinar en sus calzones. Intentó abotonarse o desabotonarse los pantalones pero no logró más que gritar:
- ¡Mamá...mi reloj!
Entonces enloqueció.
Todos los que oyeron el alarido saltaron y se precipitaron hacia el baño. Presentían que se trataba de un infarto o de una mordida de serpiente. En la carrera se les apagaron dos velas. El del traje negro entró de primero en el sitio de la desgracia y encontró una tranquila candela y un manojo de extremidades humanas jadeantes.
-¿Tío - gritó - estás bien?
- ¡Estoy hecho una mierda! - gritaba el manojo mientras metía una de sus muchas manos en el hueco del escusado.
- ¡Tío!
- ¡Vete al diablo, que ni hablar sabes! Anda a buscar la linterna que o encontramos hoy el reloj o os la rajo a todos...
La muchacha trajo la llinterna y la prendió.
El viejo gemía y exalaba con toda su cólera. Se había arremangado los pantalones hasta las rodillas. Sacaba algo con esfuerzo del escusado y lo estripaba, arrojándolo después y metiendo nuevamente la mano. Tomaba otra cosa y la estripaba con angustia, tirándola con furor una vez más y gritando:
- ¡Un rodillo!
La muchacha asustada trajo también el molillo del byrek, el cual el metía en el hueco del escusado, dándole vueltas y sacándolo nuevamente. El molillo se rompió y la mitad que quedó adentró se erguía como un dedo acusador.
- ¡Oh...oh, mi reloj...la horquilla, trae la horquilla!
- ¡Pero ahí no cabe la horquilla, papá! - dijo la muchacha.
El viejo la miraba desorientado suspirando una vez más aquellos dos "¡Oh!" desesperados, como si se encontrara entre dos cadenas sin saber de cual librarse primero. Se levantó. Apenas podía sostenerse de la bañera, se quitó los pantalones que tanto le molestaban y los arrojó, junto con ellos el zapato izquierdo también, y corrió en calzones largos hasta el corredor.
Dos nietos fueron tras el viejo aturdido.
- ¡Mierdas y más mierdas! - ahullaba el viejo. Tráiganme el pico, rápido!
Uno corrió al sótano pero volvió porque no tenía las llaves, después corrió otra vez al sótano con las llaves en la mano. Encontró la llave correcta, abrió la puerta, encontró el pico y se lo trajo al viejo en un tiempo ligeramente menor que el que le habría tomado abrir una tumba con el susodicho pico. Mientras tanto el viejo había salido al patio y había abierto la acequia. Su mano peluda hurgaba como una culebra entre las agruras de humano, entre aquel flujo lento, tibio y pavoroso, que por aquí y por allá hervía como robustas bolitas, como pedazos de muñecas masacradas. La muchacha se puso un pañuelo en la nariz.
- ¡¿Y tú qué, cretina?! - gritó el viejo a la muchacha como si le gritara más bien a la fétida corriente. ¡Acerca la linterna!
Bajo el fláxido brillo de la misma, que se mezclaba con la luz de la luna, el viejo se inclinó nuevamente sobre la foza y metió las manos. Los otros dos hombres le seguían con angustia. De vez en cuando, la mano de alguno de ellos revolvía el remolino iniciado por el viejo, ya fuera para darle más fuerza o para quitársela. El viejo iniciaba un remolino, lo filtraba con los dedos y lo volvía a revolver varias veces seguidas, cada vez con más rabia. Mintras tanto murmuraba algo con empeño, rezaba, exhalaba. Cayó de rodillas a la orilla de la corriente y gimió lamentándose:
- ¡Oh...Oh...se ha ido!
Por un momento, todos se imaginaron que volvería a la casa a lamentarse y hacerles a todos la vida negra. Pero, justamente cuando nadie se lo esperaba, el viejo palpó a todo su alrededor con los dedos temblorosos y, sin volver la cabeza, tomó el pico de las manos del del traje negro y empezó a golpear más allá del profundo y río tibio de muñecas masacradas. Golpeó, unas tras otras, las losas del patio, la cerca, las macetas con flores, exterminando todos los demás cultivos. Tan sólo se salvó la parcela de hachís. Finalmente encontró la cloaca, la cual quebró con velocidad de lince. Las losas de cemento, las astillas y las flores volaban por los aires junto con los estertores y los improperios del viejo. Revisó metro a metro la cloaca hasta llegar al portón y después, como un espíritu inmundo recién llegado del infierno, despedazó el portón grande.
- ¡Oh...el reloj...el reloj...!
Los otros tres le seguían espantados. Intentaban definir con sus mentes el lugar exacto al que se dirigía el reloj de oro en aquel preciso momento. El viejo seguía abriendo la cloaca gritando y gimiento aquel "reloj" tan cargado de dolor. Repetía la palabra como en una alucinación, a veces con terror, a veces con sorpresa, a veces estupefacto, sin fe. El pico se levantaba y volvía a precipitarse con furor. Los pedazos de muñeca y los terrones (20) saltaban como azustados por un bombardeo. Sonaron las campanas de la media noche.
El viejo no oyó nada. Se arrodilló, metió la mano en un hollo, sacó lo que pudo, estripó y arrojó. Más tarde, extenuado volvió al jardín, tomó la horquilla y perforó el intestino grueso de la ciudad hasta el lago.
La muchacha volvió al patio. Más allá del portón se veía la calle angosta de la ciudad, con sus álamos desnudos y las hojas que revoloteaban con el viento, formando grandes montículos que bloqueaban las aceras. Sobre las arenas verdosas, las sombras de tres Muertos buscaban el reloj. En aquel momento las campanas callaron, lentamente, con aquel sonido del otro mundo que seguramente haría pensar a los difuntos que se han salvado. La sombra de un hombre saltó a través de la plaza, a la izquierda, y la muchacha se asustó. Parecía el barbero de la ciudad pero no pudo distinguirlo claramente.
Los Muertos regresaban a la casa.
Un cráneo de vidrio brillaba alto como la luna. El viejo temblaba como un cáñamo, había perdido toda la majestuosidad de la cena y apenas podía caminar. Cada tres pasos volvía la cabeza hacia atrás y suspiraba amargado:
- ¡Oh, el reloj...!
La muchacha subió al corredor del segundo piso, colgó el abrigo en la percha y cayó dormida sin siquiera quitarse la falda. El último pensamiento que colmó la mente de la muchacha es que todo lo que había pasado no era tan desastroso ni tan misterioso como parecía. Los Muertos lograron cerrar el portón nuevamente.
A la gente de la ciudad le tomó dos semanas cerrar la cloaca.

(Escrito en 1988, apareció por primera vez en 1997)




[1] Oso Kuka es un personaje proverbial del que se dice que estuvo muchos años asediado en su “kulla” (torre). El mismo es un símbolo de soledad  y aislamiento.