La gloria y el Horario de Trenes


Entre cientos de Maestros, Peritos, Boses, me ha ocurrido encontrar a alguien que tenía una visión demasiado particular para lo que es la gloria, aunque no quería saber qué quiere decir escritor, crítico o premio literario. El último volumen que había leído no llevaba ninguna firma y tenía el titulo desarmante El horario de trenes para el año 1969. Simultáneamente con la caída de la Cortina de Hierro, algunas Editoriales salieron de las cortinas de cartón y no sabían cómo liberarse de los libros fracasados. En lugar de aniquilar los miles de libros no invitados, transformarlos en papel, o incluso en madera, -si no para libros, al menos para ataúdes, -se lanzaron a reducir en polvo y ceniza, o rellenar espacios libres con libros, de cuyos asombrosos poderes no sabían nada. Aproximadamente 1001 copie del Horario de trenes para el año 1969 habían llegado en el pequeño cuarto del Maestro. Antes de prenderles fuego, o utilizarlos para cosas más ordinarias, el Maestro les había sacado una foto.
Pues el Maestro era fotógrafo. Un fotógrafo más que desconocido, mandado al museo de una pequeña ciudad en donde, incluso, cuando se derrame sangre, puedes jurar que ha corrido sudor, o que huele a cabruno. Pero, precisamente en aquella ciudad el Maestro tuvo una visión como si fuera un regalo. Ya había ojeado el Horario de Trenes, muchas veces seguidas, siguiendo con ojos cerrados la dirección de los raíles, el orden de los ruidos de antaño, los pueblos, las escarpaduras, los puentes o las ciudades donde había parado cada vez con una amante, o con sus compañeros de la bebida en la miseria, y alguien o algo le había susurrado de venderlo. Y, el Maestro se había petrificado en el lugar, con el horario entre las palmas, mientras que estaba observando con que rabia, ira, envidia y silencio insondables compraba la gente un tal volumen.
Yo llegué ocasionalmente en el cuartito del Maestro. Un amigo que había emigrado lejos, uno de aquellos que creen que Dios ha nacido en los países Balcánicos, -me había pedido de encontrar la foto de una antigua Diosa. No podía no darle gusto. Gracias a un compromiso de la numerología, con la paciencia del desocupado, erré entre bibliotecas, archivos, casas arruinadas, o villas de libreros de lance, buhardillas, o sótanos en donde el tiempo se ha transformado de siempre en polvo de aquel que ha cubierto ya también tu sepultura (o los libros), -siguiendo como un perro de frontera las instrucciones del amigo, -descubrí que había una sola foto de la Diosa, es decir de su estatua. No se sabía en donde reposaba la estatua, o se sabía y no se decía. La foto me esperaba precisamente en el cuartito donde trabajaba el Maestro. Lo habían enterrado ahí en vivo desde los años ’60 del siglo pasado. No había otro igual en su pobreza, no tenía ni mujer ni niños, tampoco algún animalito que lo consolase, aun así, vivía en una tranquilidad extraordinaria. Se sentía glorioso en aquella paz. Y hubiera dado todos los negativos de su propia vida, o se hubiera puesto a compilar un horario de trenes, por cualquier año que fuese, solo que aquella gloria no se hiciera polvo y ceniza. Quizá, fue aquella gloria, de la cual le habían hablado con fuego y salpicaduras algunos de los compradores del Horario de los Trenes para el año 1969. Esto había sido a la vez tratamiento y curación.
Lo encontré en el cuartito oscuro, como si lo sabía que íbamos a hacernos amigos. Por eso, pero también porque no hablaba unos meses seguidos, excepto con los dos cañones y los proyectiles oxidados en el patio, no tuvo prisa para escucharme, y me contó su propia vida. Era difícil que uno la olvidara, difícil que la quitara de la cabeza. Había sido fotógrafo desde cuando estaba al vientre de su madre. Lo tenía más fácil aceptar que se había venido a la luz sin cabeza que sin el aparato fotográfico. Durante los años que siguieron había sacado fotos a cada cual, a todo, en todas partes, siempre. Pero, estas tierras fueron invadidas por el comunismo y el Maestro se había puesto a inmortalizar los nuevos éxitos. Su mirada fue golpeada, maravillada por toda índole de inmortales. Soldados, escritores, veteranos, héroes, enemigos acribillados a bayonetas, degollados, enterrados vivos, repletos de decoraciones en todas partes, kulakes castigados, paisanos muertos de hambre, bebes abandonados en bosques, o en el fondo de precipicios. A escondidas había sacado fotos de mujeres violadas, viejas enloquecidas por la pérdida de los hijos en las cárceles, en las emigraciones, en fosas comunes, oficinas de particulares, y padres acribillados por balas por la imposibilidad de traicionar. Porque traidor es aquel que anda rectamente, mientras el partido anda con rodeos, se reía el Maestro. Había fotografiado prisioneros construyendo aeropuertos, estaciones de trenes o desecando pantanos; ciegos ordeñando vacas pachuchas, incluso un grupo de ex putas con una mano sobre el pecho del corazón y la otra en la bandera, delante de la presidencia del distrito, jurando que abandonarían el vicio e, incluso, aceptarían que el médico se las cosiera hasta que se convirtieran en nuevas gentes.
Conocía la antigua Diosa. Tuvimos que luchar con el polvo de tres décadas balcánicas hasta que conseguimos sacar de la oscuridad el precioso retrato. Yo siempre había percibido una inteligencia superior, para no decir mística, de los ratones. El descubrimiento me dio un testimonio más: a la Diosa los ratones le habían comido la mano izquierda, por tanto un brazalete de oro puro como una lágrima. Pero el Maestro me tranquilizó.
-Ahí donde está el hombre, -me dijo, -ahí está también el filme que lo ha nacido.
Y encontramos el cuadrado de donde había nacido la Diosa. El Maestro lo cogió, lo limpió, e hizo para mí un retrato con el tamaño de un hombre, como si yo fuera dispuesto para escoger a la Diosa como esposa. Al esperar que el retrato fuese desecado, nos sentamos a fumar un cigarrillo con el Maestro. Solamente en su cuartito. No te hubieras deseado tener una tal sepultura, -me dijo. Quizá, ni siquiera él mismo. Entonces me confesó su dolor secreto. No en vano estaba envejeciendo en aquel museo arruinado. Tenía una misión singular. Era a la vez el fotógrafo, el guardia insomne y el delegado especial de la Memoria.
-Usted cree que estos proyectiles y minas y bombas están vacios, -me dijo, -¡¿o no?!
Ni siquiera me había ocurrido pensar acerca de las armas.
-Así pues no están en absoluto vacios.
Él vigilaba ahí, sacrificando las alegrías ordinarias de esta vida, sin mencionar la gloria, el dinero, las decoraciones etc., para que prohibiera una posible explosión de las minas. Porque las minas estaban llenas de no más poder. Con nada. El Maestro estaba plenamente convencido de que las minas, los proyectiles y las bombas estaban llenas de nada, de cero. Porque el nada que había invadido el mundo no se había hastiado de tantos mortales que había capturado y los había llenado hasta que sus pieles podían aguantar. El nada había empezado a ocupar a escondidas también los espacios que todavía estaban libres.
-¡¿No lo sientes en serio?! –se extrañó. El hecho de que el número de los bobos es aterrador, y especialmente que el número de aquellos que aparentan sabiduría sobrepasa el primero por varias veces, demuestra que las gentes se van a exterminar.
No se confió en mí para nada en relación con sus medios de guerra. Pero me confió un júbilo celestial para la obra maestra de su propia vida de El nadie con aparato en la mano. La había acabado en el frente. En una tienda desgarrada por las balas, entre las humoradas y explosiones infernales, un soldado estaba afeitándose. Al espejo ajumado y con un par de gotitas de sangre, se podían distinguir pedazos de mundo y miembros de compañeros de guerra que acababan de ser echados al viento, mientras que el soldado se afeitaba tranquilamente, igual como si fuese viviendo solo en la foto del Maestro. Este no se decidía aún si el soldado estaba afeitándose de veras en la vida, en el espejo o en la foto. A veces, la impotencia de decidir lo atizaba echar la suerte, con una moneda, o con un botón, o con la lupa de algún viejo aparato. Sin embargo, de verdad eso no tenía mucha importancia. También, sin aquella respuesta, aquella vida se había hundido en la nada. Soldado ante la muerte, afeitándose –esto fue el titulo de la obra maestra.
La Diosa se había desecado. El Maestro me la dio de regalo, expresando su pesar que no podía regalarme también un Horario de Trenes de Cada Año porque las copias se vendían como el pan caliente y el dinero ya lo había enviado para pagar una reedición, después se acordó de preguntarme:
-Y Usted ¿de qué se ocupa? ¿De hecho, quién es Usted?

-Alguien mal afeitado.